Cuando pensamos en Monsters, Inc. (Pete Docter), la memoria suele ir directa a la entrañable química entre Sulley y Mike, o al ingenio de una sociedad que funciona con la energía de los gritos infantiles. Sin embargo, a veinticinco años de su estreno, el verdadero triunfo de esta joya de Pixar radica en su asombrosa capacidad para tangibilizar lo imposible. El universo de Monstrópolis no se siente como un frío renderizado digital; se percibe como un lugar denso, vivo y texturizado, capaz de activar cada uno de nuestros cinco sentidos para hacernos olvidar que lo que estamos viendo es, en realidad, pura fantasía.