Vivimos en una cultura que se ha acostumbrado a fotografiar la libertad. Nos la venden en postales de carreteras vacías o siluetas recortadas contra el sol poniente. Al hacerlo, la convertimos en un privilegio visual, en algo que se contempla desde lejos. Pero la libertad no se mira; la libertad es una experiencia muscular, respiratoria y acústica. Para quien percibe la realidad con la agudeza y la honestidad de los otros sentidos, la libertad es una tregua con la gravedad, un cambio drástico en la presión del aire y el momento exacto en que el cuerpo se adueña del espacio sin pedir permiso.