A lo largo de la vida, tendemos a asumir que nuestra forma de hablar, de reaccionar y de relacionarnos es un rasgo inamovible de la personalidad. Decimos frases como «yo soy así» o «a mí me sale reaccionar de esta forma» como si la comunicación fuera un destino marcado a fuego y no una construcción viva. Caemos en inercias verbales, encendemos defensas automáticas y repetimos inercias de tono que, muchas veces, no hacen más que levantar muros entre nosotros y los demás. Sin embargo, aceptar esa rigidez es resignarse a ser espectadores de nuestra propia voz. Existe una ruta de transformación tan real como profunda: la gente puede aprender nuevos patrones de comunicación mediante la adquisición de conciencia y comprensión de sí misma.