Vivimos en una cultura que insiste en fotografiar la injusticia. Nos enseñan a reconocer la opresión en las imágenes de alambradas, en los puños cerrados frente a las cámaras o en los rostros cansados tras los cristales de una ventanilla burocrática. Pero quienes limitan el dolor social a lo puramente visual ignoran que el control y la falta de libertad se imponen, antes que todo, en el cuerpo. La opresión es una experiencia táctil, respiratoria y acústica. Para quien percibe la realidad con la agudeza y la honestidad de los otros sentidos, la opresión no es una postal de la tiranía; es una gravedad artificial, un confinamiento del aire y un sutil cambio en la vibración del entorno que te dice que el mundo ha dejado de ser tuyo.