Pia Arismendi

Vivimos en una cultura que insiste en fotografiar la injusticia. Nos enseñan a reconocer la opresión en las imágenes de alambradas, en los puños cerrados frente a las cámaras o en los rostros cansados tras los cristales de una ventanilla burocrática. Pero quienes limitan el dolor social a lo puramente visual ignoran que el control y la falta de libertad se imponen, antes que todo, en el cuerpo. La opresión es una experiencia táctil, respiratoria y acústica. Para quien percibe la realidad con la agudeza y la honestidad de los otros sentidos, la opresión no es una postal de la tiranía; es una gravedad artificial, un confinamiento del aire y un sutil cambio en la vibración del entorno que te dice que el mundo ha dejado de ser tuyo.


El escenario más invasivo e implacable de la opresión habita en el tacto, el sentido que registra la pérdida de soberanía. La opresión se siente en la piel como una constante presión hacia abajo. Se reconoce en la pesadez de los hombros, que se encorvan y se tensan como si cargara una mochila invisible llena de mandatos y miedos. El aire a tu alrededor ya no fluye libre; se vuelve denso, espeso y rígido, como una manta húmeda que te cubre el rostro y te dificulta el movimiento. Las texturas de la opresión son frías y ásperas: es la rigidez inmutable del asfalto y el cemento que cercan tus pasos, obligándote a caminar por senderos estrictos y geométricos, despojándote de la flexibilidad mullida de la tierra libre. Es, también, la tensión muscular de una mandíbula apretada y unos puños cerrados defensivamente, listos para un impacto que el ambiente promete a cada segundo.


Luego, la opresión altera drásticamente el oído, transformando la sinfonía del espacio en un monólogo controlado. La opresión acústica tiene dos caras: el ruido ensordecedor o el silencio impuesto. Se escucha en el estruendo mecánico, metálico y desordenado de la ciudad que no descansa, un zumbido constante que invade tu mente y te impide escuchar tus propios pensamientos o el latido de tu corazón. Pero también se manifiesta en ese silencio denso, incómodo y vigilante que se instala en una habitación cuando la espontaneidad está prohibida. Las voces de quienes habitan la opresión pierden su brillo musical; se vuelven sordas, monótonas, medidas y desinfladas, o se transforman en el eco rígido y autoritario de pasos uniformes que marcan un ritmo ajeno sobre el suelo. El oído te avisa que las paredes se han acercado y que el eco ya no tiene espacio para expandirse.


El olfato nos conecta con la química del estancamiento y la pérdida de horizontes. La opresión huele a encierro, a aire reciclado y a desinfectantes químicos que intentan enmascarar la falta de vida. Es el aroma de las oficinas sin ventanas, el olor denso y rancio del combustible quemado atrapado entre edificios altos, o la humedad estancada de los textiles que llevan demasiado tiempo conteniendo el miedo de un cuerpo replegado. Está desprovista del aroma libre y expansivo de la tierra mojada o de la frescura cítrica de la flora local al sol; la opresión huele a lo que no cambia, a una atmósfera confinada que se inhala con desconfianza porque se siente pesada en los pulmones.


En el gusto, la opresión se saborea en la amargura de la rutina forzada y la sequedad de la ansiedad. Es el sabor de lo plano y lo sintético. Se experimenta en la boca como una resequedad persistente, un nudo en la garganta que dificulta el paso del alimento y que le quita el placer a los matices de la mesa. El pan de la opresión no sabe a la tierra ni al fuego del hogar; sabe a apuro, a un ejercicio mecánico para sobrevivir, dejando un retrogusto ácido y metálico en el paladar, el sabor sutil pero constante de la impotencia que se mastica a diario.


Finalmente, la opresión se percibe en la propiocepción y en nuestra energía interna a través de una violenta inyección de gravedad. Sentir la opresión es notar cómo tu centro de equilibrio se altera por el miedo a tropezar con límites invisibles. Tu cuerpo pierde su ritmo elástico y seguro, adoptando un andar lento, vigilante y rígido, donde cada paso requiere el doble de energía porque el entorno se siente hostil. Es la certeza física de estar habitando un molde estrecho hecho por alguien más, una estructura que te obliga a encogerte para poder encajar.


Reconocer la opresión no requiere de ojos que miren rejas ni uniformes. Al final del camino, la opresión es una sinfonía interrumpida, una frialdad ambiental que paraliza los músculos y un aire espeso que castiga los pulmones. Es el recordatorio de que las mayores injusticias del mundo se registran primero en la memoria de la piel, y que para combatirlas, el cuerpo debe aprender de nuevo a enderezar la espalda, a respirar hondo y a empujar con toda su fuerza contra el aire denso hasta recuperar su derecho sagrado al espacio.

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