Durante décadas, la cerveza ha sido juzgada únicamente por su contenido en alcohol. Sin embargo, la ciencia está dirigiendo ahora su atención hacia un aspecto mucho más fascinante: las moléculas bioactivas que albergan la cebada y el lúpulo. Polifenoles, vitaminas del grupo B, minerales, silicio, xanthohumol e iso-alfa-ácidos podrían esconder un potencial mucho mayor del que imaginábamos.
El mundo obsesionado con las imágenes define el espejo como un objeto utilitario: un trozo de vidrio pulido que devuelve la luz y nos permite juzgar nuestra apariencia. Nos hablan de simetría visual, de nitidez y de reversión de izquierda a derecha, como si el espejo existiera solo para los ojos. Pero limitar el espejo a la vista es no entender su verdadera naturaleza. Para quien experimenta la realidad desde la agudeza de los otros sentidos, el espejo no es una imagen; es una presencia que delimita el espacio, una superficie de una honestidad implacable que funciona como un eco de nuestra propia existencia.
A finales de la década de los noventa, Disney culminó su década más gloriosa con una demostración de poderío técnico y madurez narrativa sin precedentes. Tarzán (Kevin Lima y Chris Buck) no fue solo una adaptación más de la inmortal novela de Edgar Rice Burroughs; fue un milagro biológico y cinético en la pantalla. A través de la revolucionaria tecnología Deep Canvas, que permite a los animadores crear fondos tridimensionales con la textura de pinturas al óleo, la película se transformó en una experiencia hiperrealista. Tarzán es un filme que no se mira desde la distancia; se respira, se padece y se toca. Es una obra maestra que utiliza los cinco sentidos para sumergirnos en el instinto animal y en el choque eléctrico que ocurre cuando la naturaleza más salvaje se encuentra cara a cara con la civilización.
El mundo occidental suele asociar la espiritualidad con lo visual: el brillo de un altar, la arquitectura imponente de una catedral o la imagen de una deidad plasmada en un lienzo. Pero limitar lo sagrado a los ojos es una paradoja, porque lo verdaderamente espiritual es, por definición, invisible. Para quien percibe la realidad despojado de la dictadura de las imágenes, la espiritualidad no es un concepto lejano; es una certeza física, una vibración que se siente en el pecho, un cambio en la temperatura del aire y una sutil sinfonía que ocurre cuando nos detenemos a escuchar el silencio.