El marketing de creadores está dejando de ser una suma de campañas aisladas para convertirse en un componente estratégico de los planes de medios. En un entorno donde las audiencias consumen contenido de forma fragmentada y la atención es cada vez más difícil de capturar, las marcas ya no pueden depender de activaciones esporádicas.
Operar en diez mercados simultáneamente debería ser una ventaja competitiva. Sin embargo, para muchas empresas latinoamericanas se ha convertido en una fuente creciente de complejidad. Procesos desconectados, datos fragmentados entre países y tecnologías que ralentizan en lugar de acelerar la toma de decisiones son hoy obstáculos habituales para las organizaciones que buscan expandirse.
Nos han educado bajo el mito de que el patrimonio es una postal turística: una gran catedral barroca, un palacio de mármol o un objeto antiguo protegido por un cristal en un museo. Al reducir la herencia cultural a un espectáculo puramente visual, corremos el riesgo de transformarla en algo muerto y distante. Pero el patrimonio es, en realidad, un organismo vivo. Para quien experimenta la realidad con la agudeza y la honestidad de los otros sentidos, el patrimonio no se contempla en un catálogo: se camina, se escucha en el aire de las plazas y se toca en el desgaste noble de las cosas comunes. El patrimonio es la memoria que se puede habitar.