Si Óliver Laxe es el místico que imagina el viaje, Mauro Herce es el alquimista que lo materializa. En la cinematografía actual, pocos binomios logran una simbiosis tan radical donde la cámara no solo observa, sino que padece la historia. La evolución estética que vemos en Sirât es el resultado de un proceso de "vaciado" visual que comenzó en los bosques de Galicia y se ha calcinado en el desierto.