Pia Arismendi

Si Óliver Laxe es el místico que imagina el viaje, Mauro Herce es el alquimista que lo materializa. En la cinematografía actual, pocos binomios logran una simbiosis tan radical donde la cámara no solo observa, sino que padece la historia. La evolución estética que vemos en Sirât es el resultado de un proceso de "vaciado" visual que comenzó en los bosques de Galicia y se ha calcinado en el desierto. 


En O que arde, Herce nos regaló una paleta de verdes profundos, brumas y el naranja dantesco del fuego. Era una estética de la humedad y la materia. La luz era orgánica, filtrada por las nubes gallegas, creando una atmósfera de melancolía táctil. El desafío allí era capturar la desaparición de un mundo rural que se apaga. 



Sin embargo, en Sirât, la dupla Laxe-Herce ha dado un giro hacia lo que podríamos llamar "estética del deslumbramiento". Aquí, la luz de Marruecos no es amable; es una luz que aplana las formas y ciega. Herce abandona el preciosismo de la naturaleza gallega para abrazar una imagen más cruda, casi violenta. La transición de la humedad al salitre y la arena no es solo un cambio de locación, es un cambio de estado mental: de la tristeza que fluye a la desesperación que quema. 


Lo más fascinante de esta evolución es el tratamiento de la oscuridad. Mientras que en sus trabajos anteriores la noche era un refugio o un misterio, en Sirât la noche se convierte en un campo de batalla eléctrico. Las escenas de las raves, iluminadas con ráfagas estroboscópicas y luces químicas, rompen con la tradición "naturalista" de Laxe. Es aquí donde Herce demuestra su genialidad: logra que una luz artificial y "sucia" se sienta tan inevitable y poderosa como un rayo de sol en el desierto. 


Esta "nueva estética" que los espectadores percibimos es, en realidad, un acto de madurez técnica. Laxe y Herce han dejado de buscar la "postal" para buscar la vibración. Ya no importa si la imagen es nítida; importa que sea física. Al ver Sirât, uno siente el calor en la nuca y el zumbido en los oídos, demostrando que la imagen de Laxe ha evolucionado de lo contemplativo a lo visceral. Es cine que se siente en los nervios, no solo en la retina.

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