En la era de la visibilidad forzada y la validación a golpe de like, la pregunta "¿Valgo la pena?" se ha convertido en el latido ansioso de una generación. Hemos delegado la evaluación de nuestro ser a métricas ajenas, a la opinión fugaz de un algoritmo o a la aprobación esquiva de un entorno que rara vez se detiene a mirar de verdad. El costo de esta dependencia es la fragilidad del alma: cuando la fuente externa de nuestro aprecio se ausenta, o cuando un pilar esencial —un padre, un mentor— se pierde, nos enfrentamos al vacío aterrador de creer que nuestro valor se ha ido con ellos.