El mundo occidental suele asociar la espiritualidad con lo visual: el brillo de un altar, la arquitectura imponente de una catedral o la imagen de una deidad plasmada en un lienzo. Pero limitar lo sagrado a los ojos es una paradoja, porque lo verdaderamente espiritual es, por definición, invisible. Para quien percibe la realidad despojado de la dictadura de las imágenes, la espiritualidad no es un concepto lejano; es una certeza física, una vibración que se siente en el pecho, un cambio en la temperatura del aire y una sutil sinfonía que ocurre cuando nos detenemos a escuchar el silencio.