Para el mundo obsesionado con las imágenes, el arcoíris es la postal perfecta: una curva de colores brillantes que adorna el cielo tras la tormenta. Sin embargo, reducirlo a lo puramente visual es perderse su verdadera magia. Un arcoíris no es un objeto estático en el firmamento; es un umbral, un instante preciso de transformación atmosférica. Para quien percibe la realidad con la sabiduría del resto de los sentidos, el arcoíris es el momento exacto en que la naturaleza cambia de piel.