Pia Arismendi

Hay películas que nacen perfectas y que, por el bien de la salud mental de sus fanáticos, deberían permanecer intocables. La primera entrega de El diablo viste a la moda no solo fue un éxito de taquilla; se convirtió en un manual de estilo cinematográfico, un nido de frases icónicas y un retrato ácido y brillante del poder corporativo y editorial. Por eso, el anuncio de El diablo viste a la moda 2 generó una mezcla de emoción desbordante y un terror justificado.


Hoy, tras ver el resultado, la sentencia es clara: la película cumple con el protocolo, pero se queda corta para la alta costura.



El peso de una corona demasiado grande


Entrar a la sala de cine con la expectativa de superar a Miranda Priestly y a una Andy Sachs en su mejor momento es, admitámoslo, injusto. Esta secuela entiende el terreno que pisa e intenta replicar la fórmula que nos enamoró hace años. Visualmente es un deleite, el vestuario sigue siendo un personaje más y reencontrarse con ese universo editorial tan despiadado siempre arranca una sonrisa cargada de nostalgia.


En ese sentido, la película no es un desastre. Entretiene, tiene buen ritmo y nos regala momentos de comedia ácida que se agradecen enormemente en tiempos donde el cine a veces se toma demasiado en serio a sí mismo. El problema no es lo que la película hace, sino lo que no logra hacer.


Un guión que prefiere ir a lo seguro


El gran talón de Aquiles de esta segunda parte es que quedó al debe con la audacia de su predecesora. Donde antes había tensión genuina, dilemas morales sobre el éxito y la identidad, y una crítica mordaz al precio de la ambición, aquí encontramos una trama que prefiere caminar por la zona de confort.


La narrativa se siente más como una reunión de exalumnos nostálgica que como una evolución real de los personajes. Todo es elegante, sí, pero carece de ese "filo de navaja" que hacía que cada mirada de desprecio en la Runway original nos congelara la sangre.


Los nuevos conflictos se resuelven de forma un tanto apresurada y predecible. Cumple con la cuota de entretenimiento y cumple con devolvernos a nuestros personajes favoritos, pero en el fondo sabemos que no está proponiendo nada nuevo. Es el equivalente cinematográfico a una colección de temporada que, aunque bonita y comercial, no arriesga nada sobre la pasarela.


El veredicto


El diablo viste a la moda 2 no arruina el legado de la franquicia, y eso ya es una ganancia en la era de las secuelas tardías. Se pasa un rato estupendo viéndola, se disfruta el diseño de producción y es un viaje nostálgico muy digno.


Sin embargo, al salir del cine es inevitable sentir que le faltó alma, o al menos un poco más de esa maravillosa maldad de antaño. Es un buen intento, pero nos demuestra que, a veces, por mucho que nos esforcemos en replicar un diseño clásico, el original siempre será el que se quede con la portada de la revista. Cumple, pero la corona sigue perteneciendo al pasado.


Mi nota: 3 / 5 estrellas.

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