Para entender el impacto de Sirât, no podemos mirar la pantalla como quien observa un relato lineal; debemos mirarla como quien contempla un fuego o una tormenta. La estética de Óliver Laxe no nació en los grandes estudios, sino en la intersección entre lo espiritual y lo salvaje. El cineasta gallego ha construido, película a película, un lenguaje donde el paisaje no es un decorado, sino el protagonista absoluto de una lucha metafísica.
Su ópera prima, Todos vós sodes capitáns (2010), ya nos daba la primera pista: el desierto. Rodada en Marruecos, esta cinta rompió los límites entre el documental y la ficción. Laxe se interpretaba a sí mismo, dejando claro que su cine no busca "actuaciones", sino presencias. Aquí nació su obsesión por el rostro humano despojado de artificios, una estética que en Sirât alcanza su cenit con el uso de raveros reales.
Luego llegó Mimosas (2016), su "western religioso". En ella, Laxe perfeccionó lo que hoy vemos en su última obra: el viaje físico como metáfora de una ascensión espiritual. La cámara de Mauro Herce (su colaborador visual inseparable) dejó de filmar montañas para filmar el esfuerzo del alma. La estética se volvió más rugosa, más física, preparándonos para la aridez de Sirât.
Sin embargo, fue en O que arde (2019) donde Laxe dominó el uso del sonido y la imagen como fuerzas de la naturaleza. Quienes recordamos el inicio de esa película —los eucaliptos cayendo en la noche gallega como gigantes derrotados— entendemos por qué el techno en Sirât se siente tan violento. Para Laxe, el sonido es una entidad que invade el espacio. En Galicia fue el fuego; en Marruecos es el bajo del altavoz. Ambas son fuerzas que consumen al hombre.
La estética de Laxe es, en esencia, una estética de la resistencia. Se resiste a la rapidez de TikTok, a los diálogos explicativos y a la luz artificial. Al igual que sus personajes, Laxe parece estar siempre buscando un "puerto seguro" que no existe, forzando al espectador a habitar el silencio y la incomodidad.
Sirât es, por tanto, la culminación de un estilo que se ha vuelto más oscuro pero más honesto. Si en sus primeras películas buscaba a Dios en el paisaje, en esta última parece buscarlo en el ruido ensordecedor de una rave, recordándonos que el cine de Laxe no se ve con los ojos, sino con la piel.