Pia Arismendi

Hay películas que se ven con los ojos, y hay otras que se experimentan con todos los sentidos. El cine de Hayao Miyazaki pertenece, sin duda, a este segundo grupo, pero es en Ponyo y el secreto de la sirenita donde esa capacidad de evocación alcanza un punto de pura efervescencia. Volver a sumergirse en esta obra de Studio Ghibli no es solo revisar un clásico de la animación; es recordar cómo se sentía el mundo cuando todavía creíamos en la magia oculta detrás de las olas.


Lejos de la espectacularidad digital y fría que inunda las carteleras actuales, esta historia nos devuelve a la calidez de los trazos hechos a mano, donde cada gota de agua parece tener vida propia.



Un festín para los sentidos y el alma


La trama, que reimagina con una ternura infinita el cuento clásico de La Sirenita, nos regala el encuentro entre Sosuke, un niño de cinco años que vive en un acantilado junto al mar, y Ponyo, una pequeña criatura marina con cara de pez que desea desesperadamente convertirse en humana. Lo que arranca como una amistad inocente y pura termina desencadenando un desequilibrio en las fuerzas de la naturaleza, obligando al océano mismo a reclamar su lugar.


Pero más allá de la mitología marina, lo que desarma de la película es su desbordante riqueza sensorial. Miyazaki logra que casi puedes oler la brisa salada del mar, sentir el viento húmedo que precede a la gran tormenta y saborear ese reconfortante plato de ramen caliente con jamón que Sosuke y su madre comparten con Ponyo en una noche de lluvia. Cada plano está impregnado de texturas: desde el pelaje húmedo de las criaturas del fondo del mar hasta la rugosidad de los barcos de juguete. Es un recordatorio de que el cine, en sus mejores expresiones, es capaz de apelar a nuestra memoria táctil y emocional.


La mirada de la infancia frente al misterio del mundo


El gran acierto de la narrativa es que está contada estrictamente desde la altura de los ojos de sus pequeños protagonistas. Para Sosuke y Ponyo, el mundo no está dividido entre lo posible y lo imposible; la magia es simplemente otra capa de la realidad. Cuando el océano se desborda y los peces ancestrales nadan por encima de las calles inundadas, no hay espacio para el terror, sino para la maravilla y la contemplación.


A través de esa mirada limpia, la película nos entrega un mensaje ecológico poderoso pero jamás sermoneador: el mar no es un recurso que explotar, sino un ser vivo, una madre antigua, ruidosa y hermosa que exige respeto, amor y equilibrio.


El veredicto


Ponyo y el secreto de la sirenita es una obra maestra de la empatía y la imaginación. Es una película que abraza tanto a los niños como a los adultos, recordándonos la importancia de las promesas sencillas, el valor de cuidar de los otros y el misterio inagotable de la naturaleza.


En un panorama cinematográfico a menudo obsesionado con el cinismo o la complejidad artificial, el viaje de Ponyo sigue siendo un refugio de luz, color y emoción pura. Una caricia al corazón que te deja con la sensación de haber estado flotando en el agua limpia durante dos horas.


Mi nota: 4.8 / 5 estrellas.

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