Pia Arismendi

En una era definida por el espasmo visual del scroll infinito y la gratificación instantánea, el cine de Oliver Laxe —y específicamente su reciente obra Sirat— no es solo una propuesta artística; es un acto de resistencia psicológica. Al mirar Sirat, uno no puede evitar sentir el eco de voces ancestrales. Laxe ha recogido la antorcha de los grandes maestros de la trascendencia, Andrei Tarkovsky y Abbas Kiarostami, para iluminar una de nuestras carencias más profundas: la incapacidad de habitar el silencio. 


Oliver Laxe

I. Tarkovsky y la Nostalgia de lo Sagrado 


Si Tarkovsky "esculpía en el tiempo", Laxe en Sirat parece esculpir en la fe. Para el maestro ruso, el cine era un medio para purificar el alma a través de la contemplación de la naturaleza y el sacrificio. Laxe hereda esa mirada donde el paisaje no es un decorado, sino un estado mental. 


Al igual que en Stalker, donde el viaje a "La Zona" era una peregrinación hacia los deseos más íntimos, el tránsito en Sirat hacia el misticismo sufí nos obliga a preguntarnos: ¿qué queda de nosotros cuando nos quitan el ruido? La diferencia radica en que, mientras Tarkovsky buscaba la respuesta en la iconografía cristiana y la melancolía rusa, Laxe la encuentra en la desnudez del desierto y el desapego oriental. 


Andrei Tarkovsky

II. Kiarostami y la Poética del Camino 


La conexión con Abbas Kiarostami es, quizás, la más orgánica desde el punto de vista lingüístico. El cineasta iraní convirtió el trayecto —el coche, la carretera, el sendero— en el confesionario del hombre moderno. En Sirat, Laxe abraza la premisa de Kiarostami: el camino es más importante que el destino. 


Hay una "ética de la mirada" que comparten: ambos rechazan la manipulación emocional. No hay música épica que nos dicte qué sentir. En lugar de eso, hay una confianza absoluta en la inteligencia del espectador. Kiarostami nos enseñó que la vida se encuentra en los detalles mínimos de lo cotidiano, y Laxe lleva esta lección al extremo místico. En Sirat, el lenguaje se reduce a lo esencial; la expresión humana no necesita de grandes discursos, sino de la presencia pura del ser.   


Abbas Kiarostami

III. El Gran Desvío de Laxe: La Disolución del "Yo" 


Lo que separa a Laxe de sus predecesores, y lo que hace a Sirat una obra tan necesaria hoy, es su enfoque en la desaparición del ego. 


Tarkovsky a menudo se centraba en el individuo frente a su destino. 


Kiarostami exploraba la identidad a través del encuentro con el otro. 


Laxe, en cambio, busca la disolución. 


En Sirat, el ser humano no intenta conquistar el mundo ni entenderlo intelectualmente; intenta fundirse con él. Desde la lingüística de la imagen, esto se traduce en planos donde el hombre es una mota de polvo en la inmensidad, recordándonos nuestra verdadera escala en el universo. Es una cura de humildad visual que nuestra sociedad, enferma de narcisismo digital, necesita con urgencia. 


El Retorno al Centro 


Como especialista en las necesidades humanas, veo en este "cine de la lentitud" una respuesta a nuestra desnutrición espiritual. Laxe, junto a Tarkovsky y Kiarostami, forma una trinidad de directores que no buscan entretenernos, sino devolvernos a nosotros mismos. 


Sirat es ese puente fino y afilado del que hablábamos antes. Cruzarlo requiere valentía: la valentía de aburrirse, de esperar, de mirar y, finalmente, de ver. En ese ver, es donde recobramos la cualidad humana que se nos está escapando de las manos: la capacidad de maravillarnos ante el misterio de la existencia sin necesidad de explicarlo.

Comentarios
* No se publicará la dirección de correo electrónico en el sitio web.