Pia Arismendi

Vivimos atrapados en la tiranía de las pantallas y las imágenes, que nos insisten en que la luz es un destello que ilumina un paisaje y la oscuridad es un vacío donde no hay nada que ver. Al hacerlo, la cultura visual reduce el día y la noche a una simple cuestión de encendido y apagado. Pero se equivocan profundamente. La luz y la oscuridad no necesitan de las pupilas para existir; se manifiestan de forma rotunda en todo el entorno. Para quien experimenta la realidad desde la agudeza y la honestidad de los otros sentidos, ambas son experiencias táctiles, acústicas y biológicas. Son el latido del mundo.


El territorio donde la luz y la oscuridad libran su batalla más honesta es el tacto, el sentido de la presencia. La luz es, por definición, energía térmica en movimiento. Se reconoce en la piel como una caricia tibia, directa y reconfortante; es el golpe de calor que te entibia el rostro cuando sales al patio o el calor acumulado en el cemento que traspasa la suela de tus zapatos. La luz dilata los cuerpos, relaja los músculos y expande la materia. La oscuridad, en cambio, es la retirada de esa energía. Se siente como una frescura repentina, una corriente de aire más densa y ligera que te eriza los vellos de los brazos. Es un abrazo frío que encoge las cosas, una textura lisa y pesada que te avisa que el sol se ha marchado y que la Tierra empieza a enfriar su corteza.


Luego, ambas fuerzas alteran radicalmente el oído, modificando la partitura acústica del planeta. La luz es ruidosa, es un estallido de alta frecuencia. Cuando la luz domina, el mundo se acelera: es el canto desordenado y agudo de las aves temprano en la mañana, el zumbido de los insectos en el jardín, el tráfico apurado y el rumor constante de las voces humanas que se cruzan en el espacio. La luz empuja al movimiento. Por el contrario, la oscuridad es la dueña del silencio y de las bajas frecuencias. Cuando la oscuridad cae, el volumen del mundo baja; las aves callan, los pasos se vuelven lentos y espaciados, y el aire transporta el sonido de una manera distinta, más nítida y profunda, permitiéndote escuchar el siseo del viento a lo lejos o el tímido despertar de los grillos. La oscuridad apacigua el ruido para que puedas escuchar tu propia respiración.


El olfato también registra este cambio químico en la atmósfera. La luz tiene un aroma seco, expansivo y maduro. Huele al pasto que se tuesta bajo el sol, a la resina que brota de la corteza de los árboles y a la fragancia dulce y densa de la flora local que se abre para recibir el día. Es un olor que te invita a respirar hacia afuera. La oscuridad, en cambio, huele a recogimiento, a tierra húmeda y a rocío. Al bajar la temperatura, la humedad de la tarde se asienta sobre el suelo, trayendo un aroma espeso de vegetación que descansa, a piedra fría y, a menudo, el humo sutil de las chimeneas que evoca el aroma del hogar. La oscuridad huele a refugio y a tregua.


En el gusto, la transición se experimenta en la temperatura de lo que el cuerpo pide. La luz se saborea en la frescura jugosa, ácida y viva de los frutos cítricos como el limón, sabores que calman la sed de inmediato y activan las glándulas salivales, inyectándote energía. La oscuridad, por su parte, se saborea en la calidez y el reposo: tiene el matiz amargo, redondo y reconfortante de una taza de café o una infusión caliente al final de la jornada; un sabor que baja por la garganta como un bálsamo tibio que te avisa que el esfuerzo ha terminado.


Finalmente, la luz y la oscuridad se perciben en la propiocepción y en nuestra energía interna a través de una coreografía biológica. La luz es una inyección de ligereza hacia arriba; te invita a enderezar la espalda, a levantar el rostro, a abrir los hombros y a conquistar el espacio con pasos elásticos y seguros. La oscuridad, en cambio, ejerce una hermosa gravedad biológica. Sientes cómo el peso de las horas se acomoda en tus párpados y en tus músculos; te invita a la horizontalidad, a buscar el textil grueso de las sábanas, a soltar las tensiones y a aceptar que el cuerpo necesita replegarse.


Explicar la luz y la oscuridad a una persona no vidente no requiere de metáforas sobre colores o claroscuros visuales. Al final del camino, la luz es la vibración cálida que nos empuja a vivir y a encontrarnos, y la oscuridad es la frescura silenciosa que, con amor infinito, nos abraza en la quietud para recordarnos que todo lo que se mueve también necesita descansar.

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