El ser humano, en su afán visual, suele describir el viento a través de sus consecuencias: el movimiento de las copas de los árboles, el ondear de una bandera o el polvo que se levanta en el camino. Pero el viento, en su esencia más pura, es invisible para todos. Nadie ha visto jamás el viento; solo podemos sentirlo. Para quien percibe el mundo sin el filtro de los ojos, este elemento no es un misterio, sino un lenguaje cotidiano, una presencia viva que redibuja el espacio a cada segundo.
El canal absoluto del viento es el tacto. El viento es el cuerpo del aire en movimiento. Puede ser una caricia sutil, un roce casi impalpable que eriza los vellos de los brazos en una noche de verano, o un golpe audaz, firme y pesado que te empuja el pecho y te obliga a inclinar el cuerpo para avanzar en el invierno. El viento tiene temperatura y peso: es el aire helado que corta los labios como un filo delgado, o el viento norte, denso, tibio y seco, que envuelve el rostro como un suspiro caliente. Es el único elemento capaz de abrazarte entero mientras caminas por la calle.
Luego, el viento se hace escuchar, porque es el gran músico de la naturaleza. En el oído, el viento no tiene una sola voz: toma la forma del objeto que encuentra en su camino. En una llanura abierta, es un silbido largo, agudo y solitario que viaja sin rumbo. Al cruzar un bosque de pinos, se transforma en un oleaje profundo, un murmullo sordo que imita al mar. Y si pasa entre las grietas de una ventana antigua, se vuelve un quejido trémulo y fantasmagórico. El viento es el mapa sonoro que te dice qué hay a tu alrededor; te avisa si el espacio es amplio o cerrado por la forma en que rebota o fluye.
El olfato es el sentido que el viento utiliza para traerte el mundo a domicilio. El viento es un mensajero. Él mismo no huele a nada, pero lo carga todo en sus hombros. Un viento que viene del sur puede traerte el aroma denso, salino y húmedo del mar kilómetros antes de que llegues a la costa; un viento de cordillera te regala el olor a nieve, a piedra congelada y a vegetación limpia. El viento es el que te avisa que el pan se está horneando a la vuelta de la esquina o que la lluvia está por caer porque arrastra el aroma de la tierra mojada antes de que caiga la primera gota.
¿Y cómo entra el gusto en esta danza aérea? Se experimenta cuando el viento es tan fuerte que te obliga a abrir la boca para tomar aire. El viento sabe a velocidad, a la pureza del oxígeno comprimido. En la costa, un viento fuerte te deja un sabor nítido y salobre en los labios, una fina capa de sal que se saborea al humedecerlos. En el campo, sabe al polen dulce de la primavera o al polvo seco del camino en los días de sol.
Finalmente, el viento altera nuestro sentido del equilibrio y la propiocepción. Sentir el viento es experimentar la resistencia. Es la sensación de ligereza cuando caminas a su favor, como si una mano invisible te empujara suavemente la espalda para invitarte a correr, o la pesadez de avanzar en su contra, sintiendo la presión del aire en los ojos cerrados y el pecho abierto, desafiando la gravedad.
Explicar el viento a una persona no vidente es, en realidad, recordarnos a todos que lo más vital no necesita forma ni color. Al final del día, el viento es la demostración más hermosa de que el universo se comunica con nosotros sin necesidad de imágenes: un susurro que nos cuenta historias de lugares lejanos, un aroma que evoca recuerdos y un abrazo invisible que nos envuelve para recordarnos que nunca estamos solos en el espacio.