Pia Arismendi

A menudo, quienes ven cometen el error de creer que las cosas "son" como se miran. Dicen que una pared es "blanca" o que una mesa es "de madera". Pero la vista es una descripción superficial, una etiqueta lejana. Para conocer la verdadera esencia de un objeto, hay que dejar de mirarlo y empezar a sentirlo. Las texturas no son solo superficies; son estados de ánimo de la materia, una sinfonía que se toca con las yemas de los dedos.


El reino absoluto de la textura es el tacto, donde el mundo se divide en mil relieves. Hay texturas que son como un refugio: el terciopelo, que se siente como una caricia densa y profunda que no ofrece resistencia, o la lana, con sus nudos pequeños y cálidos que guardan aire entre sus fibras. Pero también están las texturas del desafío: el frío cortante del metal pulido, que se siente como un silencio sólido, o la lija, que es una multitud de granos diminutos peleando contra tu piel, una aspereza que despierta los nervios. Tocar una piedra de río, redondeada por siglos de agua, es sentir la suavidad del tiempo; tocar la corteza de un árbol es leer un mapa de cicatrices y batallas contra el viento.


Curiosamente, las texturas también se revelan a través del oído. Si deslizas tus uñas sobre una superficie de seda, escucharás un susurro casi impalpable, un deslizamiento sutil como un suspiro. Pero si haces lo mismo sobre un papel corrugado, el sonido se vuelve rítmico, un tartamudeo constante de saltos y valles. Cada textura tiene su propia vibración; el roce de los dedos sobre el cuero produce un chirrido firme y seguro, mientras que el contacto con la arena es un murmullo de millones de pequeñas piezas chocando entre sí.


El olfato es el aliado inesperado de la textura. La materia, según su relieve, atrapa el olor de forma distinta. Las texturas porosas, como la madera antigua o la arcilla seca, guardan los aromas de su entorno, exhalando notas de humedad, polvo y tiempo. En cambio, las texturas lisas y cerradas, como el vidrio o el mármol, huelen a nada, a una limpieza aséptica y fría que no permite que el aroma se ancle en ellas.


En el gusto, la textura es la que define el placer. No es lo mismo el sabor del chocolate que su textura: la forma en que se funde, pasando de ser una tableta firme y geométrica a un líquido denso que envuelve la lengua. La textura en la boca es la diferencia entre el crujido vibrante de una manzana fresca, que estalla en resistencia, y la suavidad dócil de una crema que desaparece sin dejar rastro, solo una película de sedosidad en el paladar.


Incluso la vista ,en esta columna dedicada a quien no la usa, se redefine como una sensación de temperatura y presión. Una textura "áspera" es una agresión de luz; una textura "suave" es un descanso térmico. Para quien no ve, las texturas son los colores del alma.


Explicar las texturas a una persona no vidente es reconocer que el mundo no es una imagen plana, sino un relieve infinito de sorpresas. Al final, las texturas son el recordatorio de que estamos vivos y conectados con lo que nos rodea: una caricia que nos calma, una aspereza que nos alerta y una firmeza que nos asegura que, mientras podamos tocar, nunca estaremos perdidos en el vacío.

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