Pia Arismendi

El mundo atrapado en la imagen suele reducir el baile a una estampa visual: la plasticidad de un gimnasta, la simetría de un ballet o el vaivén coordinado de una pareja en una pista iluminada. Nos hacen creer que bailar es un ejercicio estético para el deleite de los espectadores. Pero se equivocan. El baile es, ante todo, un estado de libertad corporal, una respuesta primaria y visceral al ritmo del universo. Para quien percibe la realidad desde la agudeza de los otros sentidos, el baile no es una secuencia de pasos que se imitan; es una conversación íntima entre la gravedad, el aire y el propio corazón.


El canal absoluto e indomable del baile es el tacto, pero un tacto expandido que se experimenta desde adentro hacia afuera. Bailar es modificar tu relación con la física. Al moverse, el aire deja de ser invisible y se siente como una corriente densa que roza tu rostro, tus manos abiertas y tu piel a medida que te desplazas. Si bailas con alguien, el tacto se vuelve un lenguaje de precisión matemática y afectiva: es la firmeza de una mano en la espalda que te invita a girar, la presión sutil de unos dedos que te guían sin empujarte y el calor compartido de dos cuerpos que se vuelven uno solo en la corriente del ritmo. Pero incluso si bailas a solas, sientes el tacto de la complicidad: la fricción de tus pies deslizándose sobre la madera lisa del piso y la agradable tensión de tus propios músculos estirándose y cediendo, como si te deshicieras de una armadura invisible.


Luego, el baile es la traducción literal del oído en movimiento. No solo escuchas la música; la habitas. El baile empieza cuando la vibración grave del contrabajo, el pulso rítmico de la batería o el golpe seco de un tambor dejan de golpear tus oídos y empiezan a reverberar directamente en tus huesos y en tu pecho. Tus pies no buscan un punto en el suelo; buscan sincronizarse con ese latido exterior. Bailar es el arte de responder a los silencios, a los cambios de velocidad, a las subidas de intensidad de una melodía que te empuja a acelerar el pulso o a la suavidad de un violín que te invita a suspender el cuerpo en una pausa lenta.


El olfato nos narra el contexto y la intensidad de ese trance físico. El baile transforma el aroma del entorno. En la intimidad de un hogar, huele a la calidez de la madera que se entibia con el roce de los pies, al perfume sutil de la ropa en movimiento que corta el aire y exhala sus esencias, o a la frescura del viento si se baila bajo el cielo de la tarde. En un espacio compartido, el olfato registra la energía colectiva: el aroma denso, tibio y dulce de la piel que transpira, una mezcla de humanidad viva, esfuerzo y celebración que te avisa que no estás solo, sino rodeado de otros cuerpos que comparten tu mismo viaje rítmico.


En el gusto, el baile se saborea en el esfuerzo y en la recompensa de la vitalidad. Es una experiencia física rotunda. Sabe a la sequedad dulce y sedienta que se aloja en la garganta tras haber girado y saltado, obligándote a respirar con la boca abierta para beberte el oxígeno del aire. Pero también sabe al alivio inmediato y fresco del primer sorbo de agua pura que calma esta sed, un sabor limpio y mineral que devuelve el alma al cuerpo y te prepara para volver a empezar.


Finalmente, el baile es la máxima expresión de la propiocepción, ese "quinto sentido" que nos permite saber dónde está cada parte de nuestro cuerpo en el espacio sin necesidad de mirarlo. Bailar es desafiar la gravedad. Es experimentar la ligereza, esa maravillosa sensación de flotar cuando giras con velocidad, perdiendo por un segundo la noción de los límites, para luego encontrar la solidez perfecta de la tierra bajo tus plantas al detenerte. Es la certeza de que tus brazos, tus hombros y tus caderas pueden dibujar formas invisibles en el aire, apropiándose del espacio con total seguridad.


Explicar el baile a una persona no vidente no requiere de metáforas sobre trajes brillantes o escenarios teatrales. Al final del día, bailar es el recordatorio más puro de que estamos vivos y hechos de energía: una vibración que nos sacude por dentro, una tibieza que nos conecta con el otro, un viento que generamos con nuestras propias manos y un pulso libre que nos demuestra que, para habitar la belleza, solo hace falta atreverse a sentir y dejar que el cuerpo fluya.

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