Pia Arismendi

Tenemos la mala costumbre de creer que las estaciones del año son paisajes visuales: las flores de la primavera, el sol brillante del verano, las hojas secas del otoño o la nieve del invierno. Sin embargo, para quien habita el mundo desde la agudeza de los otros sentidos, los ciclos de la naturaleza no son postales; son corrientes de vida que empujan, abrazan, se retiran y vuelven a nacer. El tiempo no se ve: se respira, se toca y se escucha.


El gran escenario de las estaciones es el tacto, donde la Tierra nos muestra su temperatura y su peso. El año es un péndulo térmico. El ciclo comienza con la primavera, que se siente en la piel como una caricia húmeda y tibia, un aire ligero que despierta los poros. Luego, esa tibieza se vuelve densa y rotunda en el verano: un calor pesado que presiona los hombros, que hace que la ropa se sienta de más y que la piel busque con desespero la frescura del agua o de la sombra. El otoño llega como un alivio texturizado; el aire se vuelve crujiente, seco y un viento frío empieza a morder suavemente las mejillas, preparándonos para el invierno, que es el ciclo del repliegue, donde el frío es un peso sólido que te obliga a encoger el cuerpo y buscar el refugio de los textiles gruesos.


Luego, los ciclos se hacen escuchar a través de una enorme partitura en el oído. Cada época tiene su propia acústica. La primavera es ruidosa, un estallido de alta frecuencia: el zumbido constante de los insectos y un coro desordenado y alegre de aves que regresan a cantar temprano en la mañana. El verano suena a estridencia, a la música persistente de las cigarras en las tardes de calor y al sonido del agua que corre o salpica. El otoño, en cambio, baja el volumen y cambia de tono: es el suelo el que habla, con el crujido rítmico e hipnótico de las hojas secas bajo los pasos. Finalmente, el invierno es el ciclo del silencio absoluto; la naturaleza apaga sus ruidos, las aves callan, el viento brama con fuerza y el mundo se sumerge en una quietud que invita al descanso.


El olfato es el sentido que nos conecta con la química cambiante del suelo. Las estaciones huelen. La primavera es un perfume expansivo y dulce, una mezcla densa de polen y de los jugos de las flores locales que se abren paso. El verano huele a madurez, a frutas ácidas como el limón y la mandarina que se calientan al sol, y al aroma seco de la hierba tostada. El otoño es el olor de la nostalgia: un aroma espeso a madera húmeda, a hojas que se descomponen para volverse tierra y a humo sutil de chimeneas lejanas. El invierno huele a aire destilado, a ozono limpio, a piedra fría y a la humedad profunda que se queda suspendida en el ambiente.


En el gusto, los ciclos de la naturaleza se saborean en la despensa de la tierra. Es la transición de los sabores. Pasamos de la frescura jugosa, dulce y ácida de las frutas de los meses cálidos ,que calman la sed de inmediato, a la necesidad invernal de sabores densos, salados y calientes. El invierno sabe a caldos concentrados, a raíces y a infusiones ardientes que calientan el pecho desde adentro, recordándonos que el cuerpo cambia sus necesidades según el clima exterior.


Finalmente, experimentamos los ciclos con el "quinto sentido": la propiocepción y nuestra energía interna. Sentir los ciclos es notar cómo nuestro propio cuerpo imita a la Tierra. En los meses de luz y calor, hay una inyección de energía vital; nos movemos más rápido, el pulso se acelera y habitamos el espacio exterior. En los meses fríos, sufrimos una gravedad biológica: los músculos se relajan, el cuerpo pide horizontalidad, sueño y resguardo.


Explicar los ciclos de la naturaleza a una persona no vidente no requiere de metáforas sobre el color de los bosques. Al final, la naturaleza es un eterno retorno que se experimenta en la propia carne: un pulso que nos despierta, un calor que nos expande, un crujido que nos advierte el cambio y un silencio frío que nos invita, con amor, a descansar para volver a empezar.

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