Pia Arismendi

En el año 2010, una nueva firma irrumpió en el monopolio de la animación con una propuesta que apostaba por el humor físico de los dibujos animados clásicos (looney tunes) combinado con una estética de espionaje retro. Gru: mi villano favorito (Pierre Coffin y Chris Renaud) se convirtió en un éxito planetario instantáneo. Sin embargo, detrás del carisma amarillo de los Minions y el ingenio de los artefactos de maldad, se esconde una película que se experimenta con el cuerpo. El verdadero triunfo del filme radica en cómo utiliza el mapa sensorial para trazar el deshielo emocional de su protagonista: un viaje que transita de la rigidez fría y metálica de la villanía hacia la calidez blanda, ruidosa y caótica de la paternidad.



El gris industrial frente al neón de feria: Vista y Oído


Visualmente, la película es una clase magistral de contraste ambiental que entra por los ojos para definir la psicología de los personajes.


La fortaleza del villano: La guarida de Gru se nos presenta con una paleta gótica e industrial dominada por tonos grises plomizos, negros profundos y el destello frío del acero de sus armas. Es un espacio simétrico, liso y sin vida.


La modernidad chillona: Este entorno contrasta brutalmente con el laboratorio de Vector, inundado de blancos clínicos y un naranja de neón incandescente que agrede la vista, y con el dormitorio de las niñas, un estallido de colores pasteles desarreglados.


El clímax visual de la vitalidad ocurre en el parque de diversiones, donde la pantalla se satura con los destellos dorados de las luces de la feria y el movimiento frenético de la montaña rusa.


A nivel auditivo, la película es un banquete de texturas acústicas que mezcla el cómic clásico con el ritmo urbano. El diseño sonoro equilibra el crujido metálico y seco de las compuertas de la nave de Gru, el siseo agudo de los rayos congelantes y el estruendo expansivo de los cohetes espaciales. Frente a este ruido armamentístico, el oído del espectador se deleita con la música de Pharrell Williams, cuyos ritmos de funk y percusiones frescas le otorgan a la película una vibración física y moderna. Todo esto se adereza con los balbuceos agudos, rítmicos y gesticulares de los Minions, un contrapunto sonoro que rompe cualquier atisbo de solemnidad.


"Gru intenta mantener la distancia con el mundo a través del frío del metal y el rayo congelante, pero el universo lo obliga a capitular ante el sonido de una risa infantil y la textura pegajosa de un dulce".


La rigidez del cuero y el aroma a panqueques: Tacto y Olfato


El tacto es el sentido que vertebra la transformación interna de Gru. Al inicio, su mundo es áspero e impenetrable: la rigidez de su abrigo de cuello alto, el cuero frío de sus guantes y la textura lisa y dura de sus vehículos militares.


El quiebre táctil llega con la irrupción de Margo, Edith y Agnes. De pronto, la película se vuelve blanda y texturizada: es el roce suave y reconfortante del peluche del unicornio, la textura pegajosa del pegamento que las niñas dejan en el suelo y el peso cálido e inesperado de tres cuerpos pequeños abrazando sus piernas. El clímax táctil ocurre por la noche, en el pinchazo sutil de los bordes del libro de cuentos en los dedos de Gru mientras lee en la cama, el instante donde la rigidez del villano cede ante la ternura.


El olfato, por su parte, satura el aire de la película con un contraste doméstico inconfundible. La cotidianidad de Gru huele a combustible quemado, a ozono de laboratorio, a pólvora de misiles y al aroma estancado de su gran casa solitaria.


Este aire pesado y belicista se disipa por completo cuando las niñas transforman el hogar: el aire de pronto huele a panqueques recién horneados con formas de animales, a la fragancia dulce de las galletas de menta que venden por el vecindario y al olor a tierra mojada del parque. Es un oxígeno nuevo que limpia los pulmones del protagonista, recordando el aroma de una vida compartida.


El sabor de la infancia y la acidez del juego: El Gusto


Incluso el gusto se convierte en una sutil pero potente herramienta narrativa para retratar la rendición del protagonista ante la vida familiar. El paladar de Gru es inicialmente aristocrático y frío: café amargo en tazas oscuras en la soledad de su cocina. Sin embargo, el gusto de la película cambia hacia la dulzura artificial e indulgente de la niñez:


La textura crujiente y el sabor azucarado de las galletas de coco y chocolate que las niñas reparten por la casa.


La efervescencia ácida de los dulces de la feria y el sabor a caramelo de los algodones de azúcar que tiñen la lengua de rosa.


El amargor cómico de la comida espacial en tubos que Gru debe consumir en su viaje a la Luna, un sabor sintético que contrasta con el deseo de estar en la Tierra cenando con su nueva familia.


Al final de la historia, cuando la Luna regresa a su tamaño original y el espacio queda atrás, el verdadero sabor de la victoria no está en haber cometido el crimen del siglo, sino en el gusto dulce, reconfortante y cotidiano de un vaso de leche compartido antes de dormir y el sabor de los bocadillos de una fiesta improvisada donde todos bailan.


Gru: mi villano favorito sigue siendo una cumbre de la animación moderna porque entendió que la redención de un malvado no debe ser un discurso teórico, sino una experiencia que cale en el mapa sensorial del espectador. Al equilibrar el estruendo de los cohetes espaciales con la suavidad de un unicornio de felpa, y el aroma a pólvora de laboratorio con el sabor dulce de una galleta de menta, Illumination Entertainment esculpió una comedia inmersiva de gran corazón. Una joya imprescindible que nos demuestra que, por muy fría que sea la armadura que decidamos ponernos, los sentidos siempre encontrarán la forma de recordarnos lo maravilloso que es dejarse ablandar por la vida.


Mi nota: 4.5/5 estrellas.

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