Basta entrar a cualquier almacén para ver la escena: un niño que, al elegir una bebida, va directo a la botella colorida, esa que promete energía, diversión o “sabor único”. No lo piensa dos veces. Lo inquietante es que, muchas veces, los adultos hacemos exactamente lo mismo. Hemos atribuido a las bebidas azucaradas, por ser un líquido, la propiedad errónea de saciar la sed.