La sentencia es tan simple como demoledora, y resuena en el eco de toda moral humana: "Las personas nacen malvadas o se hacen malvadas." Esta dicotomía, elegantemente lanzada al viento por la pluma de Glinda —la buena bruja, irónicamente, la portadora de la luz—, no es solo el eje dramático de un cuento; es el espejo en el que se fractura nuestra comprensión de la naturaleza humana. Como periodistas, a menudo reportamos los frutos amargos de la maldad, pero es en esta frase donde debemos detener la pluma y mirar hacia las raíces. ¿Es la maldad un código genético, una semilla negra incrustada en el óvulo, destinada a germinar sin importar el clima? ¿O es, por el contrario, una cicatriz, una herida abierta forjada a golpes en el yunque de la experiencia?