En una era definida por el espasmo visual del scroll infinito y la gratificación instantánea, el cine de Oliver Laxe —y específicamente su reciente obra Sirat— no es solo una propuesta artística; es un acto de resistencia psicológica. Al mirar Sirat, uno no puede evitar sentir el eco de voces ancestrales. Laxe ha recogido la antorcha de los grandes maestros de la trascendencia, Andrei Tarkovsky y Abbas Kiarostami, para iluminar una de nuestras carencias más profundas: la incapacidad de habitar el silencio.