No hay herida más invisible y, a la vez, más ruidosa que la de un corazón roto. Es un dolor que no se ve en una radiografía, pero que se siente en cada inhalación, en el nudo de la garganta y en esa extraña sensación de que el mundo sigue girando mientras tú te has quedado suspendida en un tiempo que ya no existe. Si hoy estás leyendo esto con los ojos cansados y el alma en carne viva, quiero que sepas que tengo claro que te duele, y que ese dolor no es una señal de derrota, sino de tu inmensa capacidad de haber amado.