El mundo visual suele reducir el atardecer a un espectáculo de colores que se apagan en el horizonte. Nos hablan de cielos encendidos y destellos dorados, como si el final del día ocurriera solo allá arriba, lejos de nosotros. Pero un atardecer es, en realidad, un fenómeno envolvente que transforma todo el entorno. Para quien percibe la realidad con la agudeza de los otros sentidos, el ocaso no se mira: se siente en el aire, se respira y se escucha. Es el momento en que el mundo cambia de temperatura.