Vivimos en la era de la atención fragmentada. Nuestro cerebro, bombardeado por algoritmos diseñados para la adicción, está perdiendo la capacidad de sostener la mirada y, por ende, de habitar la profundidad. En este contexto, propongo que el cine de autores como Oliver Laxe, Andrei Tarkovsky o Abbas Kiarostami deje de ser visto solo como un objeto de estudio académico para convertirse en una herramienta de bienestar psicológico.