La arquitectura de la convivencia es una obra maestra de fragilidad. Históricamente, el derecho individual se ha celebrado como el motor de la civilización, la garantía de la soberanía personal. Gritamos: “¡Este es mi espacio, mi decisión, mi libertad!” Pero en la plaza pública, donde confluyen millones de vidas, esa libertad se encuentra con un límite tan firme como invisible: el derecho de mi conciudadano. Este encuentro no es una línea estática; es una frontera de constante vértigo.