En la vorágine de la contingencia, donde el ruido y la velocidad nos miden la productividad en términos de logros y compras, existe una resistencia silenciosa que es, a la vez, nuestra mayor conquista: la de la feliz felicidad. No se encuentra en las vitrinas ni en los eventos rimbombantes; reside en el espacio tranquilo que creamos cuando decidimos, activamente y sin culpa, simplemente estar.