Hayao Miyazaki nos ha regalado cielos infinitos a lo largo de su carrera. Desde los planeadores en Nausicaä hasta las naves de Porco Rosso, el vuelo ha sido siempre su metáfora favorita para la libertad, la infancia y la magia. Sin embargo, en Se levanta el viento (Kaze Tachinu), el director japonés aterriza sus fantasías en la dura realidad histórica para entregarnos su película más madura, melancólica y, quizás, incomprendida. Esta no es una fábula de fantasía; es un lienzo biográfico sobre Jiro Horikoshi, el hombre que diseñó los aviones de combate japoneses durante la Segunda Guerra Mundial, y una desgarradora reflexión sobre la belleza corrompida por el destino.
El dilema del creador inocente
La genialidad de la película radica en su profunda lucha interna. Jiro no es un guerrerista ni un político; es un niño con miopía que sueña con diseñar ingenios voladores hermosos, inspirado por el conde italiano Caproni en secuencias oníricas memorables. Pero el contexto no perdona. El Japón de las décadas de 1920 y 1930 es un país azotado por la pobreza, el devastador terremoto de Kanto y la urgencia de modernizarse para la guerra.
A través de esta premisa, Miyazaki plantea una pregunta incómoda que resuena en cualquier disciplina artística o científica: ¿Somos responsables del uso que el mundo le da a nuestras creaciones?
La belleza maldita: Jiro solo quiere crear una obra de arte aerodinámica, el avión de caza Mitsubishi A6M Zero. Sabe perfectamente que sus hermosas naves no regresarán jamás del frente, pero la pulsión por crear, por alcanzar la excelencia técnica, es una fuerza que no puede frenar.
Un romance a contrarreloj: En medio de esta tensión industrial se teje la historia de amor con Nahoko, una joven enferma de tuberculosis. Lejos de ser un añadido melodramático, este romance encarna la fragilidad de la vida en una época que se desmorona. Cada momento juntos es un milagro robado a la tragedia.
"El viento se levanta... ¡debemos intentar vivir!"
Paul Valéry (verso de 'El cementerio marino' que hila toda la película).
Una belleza artesanal y sonora
Visualmente, Studio Ghibli alcanza aquí una de sus cumbres. La atención al detalle en el diseño de los remaches, el peso de los planos de madera y el viento agitando los campos de hierba es de un lirismo sobrecogedor.
Pero el verdadero golpe de genio está en el apartado sonoro: Miyazaki decidió que muchos de los efectos de sonido —los motores de los aviones, los terremotos, los silbidos del viento— fueran reproducidos por voces humanas. Este detalle, que podría parecer una excentricidad, le otorga a la tecnología de la película una cualidad extrañamente orgánica y viva, recordándonos que detrás de cada máquina hay aliento humano.
Se levanta el viento es una obra maestra crepuscular. Es un tributo a la pasión humana y, al mismo tiempo, una elegía por las consecuencias de esa misma pasión. Miyazaki no juzga a su protagonista; lo observa con una profunda compasión y una melancolía que desarma. Es una película imprescindible para quienes entienden que el arte verdadero no siempre ofrece respuestas reconfortantes, sino que nos obliga a mirar de frente las contradicciones de nuestra propia existencia.
Mi nota: 4.8/5 estrellas.