Por Carlos Díaz Ojeda, General Manager de Dispatchtrack Latinoamérica.
Cuando la fecha de nuestro teléfono comienza a acercarse antagónicamente al 28 de febrero, al unísono se empieza a escuchar en noticiarios uno de los conceptos que genera más resistencia dentro de los hitos de un año: el Súper Lunes, día en que se espera que el flujo normal de personas que circulan en las grandes ciudades se restablezca, principalmente por el regreso a clases después de dos meses de vacaciones y el retorno a las rutinas diarias con horarios laborales.
Ese día pareciera que la ciudad se hace más pequeña y que quizás incluso no cabemos en ella, pues la congestión vehicular muestra un poderío muy real, que no deja más alternativa que avanzar lentamente hasta llegar a destino, mientras los minutos corren de forma sigilosa, pero despiadada a la vez.
Sin embargo, no se trata solo de un día. El índice internacional TomTom Traffic Index, uno de los estudios más citados a nivel mundial sobre congestión vehicular, que analiza datos reales de viajes anónimos y continuos para comparar rendimiento de tráfico entre ciudades y a través de los años, reveló que las y los conductores en Santiago perdieron 125 horas de su tiempo por estar en congestión vehicular durante 2025, un equivalente a 5 días y 5 horas de su año. Esta cifra representa un incremento de 8 horas y 56 minutos respecto de 2024.

Si bien, estas cifras no posicionan a la capital chilena entre las ciudades con mayor congestión (se ubica en el puesto 69 de las 500 analizadas alrededor del mundo), sí representan un desafío creciente para la movilidad urbana, la logística de última milla y el desarrollo del comercio electrónico en la región. La medición arrojó que los conductores demoran un promedio de 23 minutos y 54 segundos en recorrer una distancia de 10 kilómetros, 39 segundos más que en 2024. Sin embargo, este tiempo aumenta a 30 minutos y 9 segundos en hora punta durante la mañana y 34 minutos y 53 segundos en hora punta durante las tardes, con velocidades promedio de 19.9 km/h y 17.2 km/h respectivamente.
El aumento de la congestión vehicular en Santiago podría traducirse potencialmente en entregas más lentas, mayores costos operacionales, uso menos eficiente de las flotas y una experiencia de cliente que se ve afectada por retrasos e incumplimientos de ventanas horarias. En un contexto donde los consumidores ya están acostumbrados a entregas cada vez más rápidas y precisas, la congestión se transforma en un riesgo crítico para la competitividad del comercio electrónico.
La movilidad inteligente es, en este escenario, lo que las compañías deben someter a mejora constante. Si la congestión va en aumento, las soluciones deben adelantarse para evitar así quedar atascadas en las demoras propias de la ciudad y, al mismo tiempo, en la entrega de un servicio que no cumple con las expectativas de los clientes.
La adopción tecnológica, si bien avanza, aún crece de forma desigual, tanto al interior de las compañías como también al analizar las distintas industrias que componen el comercio electrónico. Optimizar procesos de formas aislada ya no es suficiente. Es fundamental estandarizar lógicas y procesos. También profesionalizar la toma de decisiones y disminuir la alta dependencia de las personas en puestos clave, quienes muchas veces deben hacer de bomberos para apagar los incendios que surgen de los imprevistos, como ocurre día a día en las calles de las grandes ciudades. De hecho, de acuerdo con este mismo índice, el aumento de la congestión se debe principalmente a factores dinámicos, como obstáculos inesperados, accidentes de tráfico, obras y cierres de carreteras, además de las condiciones meteorológicas adversas.
Apoyarse en herramientas como la optimización dinámica de rutas basada en tráfico en tiempo real, la planificación inteligente de despachos, el monitoreo en vivo de flotas y la comunicación proactiva con el cliente. Todo eso permite reaccionar rápidamente ante incidentes viales, reducir los tiempos de atascamiento y, por ende, la incertidumbre ante imprevistos.