Columnas de opinión

Por María Méndez, presidenta y fundadora de Vacation is a Human Right (VIAHR).


Lucía se levanta antes de las cinco. Prepara el desayuno, deja los uniformes de sus hijos listos y sale al primer turno en una panadería. A las dos de la tarde cruza la ciudad para limpiar oficinas por horas. Los fines de semana, toma repartos. No es ambición; es matemática: si no suma turnos, no llega. Lo que sí se acumula es otra cosa: un cansancio que no se va, un enojo sin destinatario y la sensación de que, por más que corra, el día nunca alcanza. 


Ese desgaste tiene nombre. La OMS define el burnout como un fenómeno ocupacional que aparece cuando el estrés crónico en el trabajo no se gestiona bien, y se caracteriza por agotamiento, distancia/cinismo y eficacia reducida. No es un diagnóstico clínico, pero sí una razón frecuente de consulta y de impacto en la salud. 


El primer límite que se rompe es el tiempo. A escala global, la OIT estima que más de un tercio de las personas trabajadoras labora más de 48 horas por semana. No es una excepción, sino un patrón extendido que deteriora el equilibrio vida–trabajo. 


María Méndez, presidenta y fundadora de Vacation is a Human Right (VIAHR).

Y no es solo equilibrio: trabajar 55 horas o más por semana se asocia con un 35% más de riesgo de ictus y un 17% más de riesgo de muerte por cardiopatía isquémica, comparado con jornadas de 35–40 horas. Además, el número de personas en esa franja va en aumento. 


En paralelo, crece el pluriempleo. En Estados Unidos, por ejemplo, la proporción de personas con más de un trabajo alcanzó 5,8% en noviembre de 2025 (serie no desestacionalizada). Es una foto de cómo se reparte el ingreso… y también el cansancio. 


Trabajar en dos o más empleos suele ir de la mano de precariedad: contratos inestables, ingresos variables y poca protección. La evidencia científica muestra una asociación consistente entre empleo precario y peor salud mental/bienestar. El efecto se agrava cuando la precariedad se prolonga en el tiempo. 


Lucía lo explica sin tecnicismos: “Si digo que no al extra, no pago el arriendo. Y si digo que sí, no veo a mis hijos”. Ese doble vínculo es terreno fértil para el estrés crónico. 


Para las empresas, esta realidad también golpea la línea de resultados: mayor ausentismo, rotación y pérdida de productividad son consecuencias típicas cuando el desgaste se cronifica. Las guías OMS/OIT recomiendan priorizar intervenciones organizacionales (no solo individuales), porque abordar las causas —carga, horarios, previsibilidad, liderazgo— mejora salud y desempeño. 


El error más común es poner todo el peso en la persona (“gestiona mejor tu tiempo”). La evidencia pide lo contrario: diseño del trabajo y decisiones organizacionales. 


Cuatro movimientos prácticos que bajan el riesgo: 


  • Limitar jornadas excesivas y la acumulación de horas que empuja por encima de 48–55 h/semana; asegurar descanso entre turnos.
  • Previsibilidad real: calendarios de turnos con anticipación suficiente y cambios de última hora solo por razones justificadas; reduce ansiedad financiera y mejora el sueño.
  • Cerrar la brecha esfuerzo–recompensa: salarios/beneficios alineados al costo de vida y reconocimiento explícito de picos; el equilibrio importa para la salud.
  • Apoyos accesibles de salud mental y políticas de desconexión fuera de horario, adaptadas a personas con dos o más empleos o trabajo por turnos.


Lucía no necesita “tips” para ser más productiva, sino reglas del juego que la contemplen. Jornadas humanas, previsibilidad, recompensas justas y tiempo real de recuperación. Nadie debería enfermarse por llegar a fin de mes. Prevenir el burnout en quienes no pueden “elegir” cansarse menos es una cuestión de justicia y de salud pública, además de una decisión inteligente para mantener el talento.


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