Pia Arismendi

El prólogo de Up es, por derecho propio, uno de los hitos más deslumbrantes de la historia del cine. En apenas cuatro minutos y sin una sola línea de diálogo, se nos narra la vida entera de Carl y Ellie. Pero lo que a menudo pasamos por alto es que esa secuencia, y la película entera de Pete Docter, no solo golpea nuestro corazón por su guión, sino por su extraordinaria capacidad para evocar el paso del tiempo a través de un viaje sensorial. Up es una obra que se siente en la piel, una producción donde los cinco sentidos operan como el verdadero hilo conductor entre el peso del pasado y la ligereza de la libertad.



El color que se desvanece y la calidez del sonido: Vista y Oído


La vista es el primer sentido en sufrir el peso del luto. La paleta cromática de la película es un termómetro emocional: la infancia y el matrimonio con Ellie desbordan tonos pasteles, rosas vibrantes y verdes luminosos (los días de pícnic bajo el sol). Sin embargo, tras la muerte de ella, el mundo de Carl se vuelve gris, opaco y sombrío, como si la luz misma se hubiera apagado. El milagro visual ocurre cuando la casa levanta el vuelo: miles de globos de colores estallan en la pantalla, devolviéndole la saturación y la vida a un cielo que parecía permanentemente nublado.


A nivel auditivo, la obra es una genialidad de contrastes. El oído del espectador transita desde la calidez analógica del tema de Michael Giacchino ,que suena como una vieja caja de música o un vals nostálgico en un tocadiscos, hasta la abrumadora inmensidad de las Cataratas del Paraíso. El diseño sonoro equilibra con maestría:


El crujido sutil de las maderas viejas de la casa al tensarse con el viento.


El estallido agudo y festivo de los globos de helio al rozarse entre sí.


El silencio ensordecedor y majestuoso de las nubes cuando la casa flota a la deriva, rompiendo la ruidosa monotonía de la ciudad.


El polvo de los recuerdos y el olor a hogar: Tacto y Olfato


El tacto en Up está profundamente ligado al peso de las cosas. Sentimos la pesadez en los huesos de Carl: el esfuerzo de sus manos arrugadas aferrándose al bastón de cuatro apoyos, la fricción del sillón gastado donde ya nadie se sienta y la textura áspera y polvorienta del "Libro de Aventuras" guardado en el sótano. Cuando Carl se amarra el arnés para arrastrar su casa a pie por el páramo sudamericano, el espectador casi puede sentir el dolor muscular, la resistencia de la cuerda quemando sus manos y la aspereza de la hierba alta bajo sus zapatos.


El olfato, por su parte, actúa como el ancla invisible del protagonista. La casa de Carl no es solo de madera y clavos; es un frasco de esencias. Huele a té de manzanilla, al cuero viejo de las butacas, al aroma a limpio de la ropa de Ellie y a la cera para muebles que mantuvo intacta su rutina durante décadas.


Este olor a hogar estancado choca de frente con los aromas de la jungla: el olor salvaje a tierra mojada, la frescura de la flora exótica tras la tormenta, y ese olor animal y húmedo tan característico que desprende el pelaje de Dug bajo la lluvia.


"Carl no solo arrastra una estructura de madera; arrastra el olor de sus recuerdos y el tacto de una vida entera, hasta que aprende que para volar alto, primero hay que aprender a soltar el equipaje".


El sabor de la infancia y la frescura del regreso: El Gusto


El gusto se presenta de forma sutil pero devastadora como una metáfora de la conexión humana. En el refugio de su rutina, Carl saborea la insipidez de la vejez solitaria: cenas congeladas recalentadas en el microondas, comidas individuales tomadas en silencio frente al televisor. Todo sabe a nostalgia y a ausencia.


Frente a esa monotonía insípida, la llegada de Russell introduce el sabor de la infancia y la espontaneidad: el dulzor artificial y pegajoso de los chocolates que comparte con el ave Kevin, o la efervescencia de los refrescos que disparan la energía del pequeño explorador. Al final de la película, cuando vemos a Carl y Russell sentados en la acera contando autos, saboreando unos simples helados de cono mientras el sol se oculta, el gusto recupera su verdadero sentido: el sabor de la felicidad no está en las grandes hazañas, sino en las cosas sencillas compartidas con las personas que amamos.


Up es una obra maestra incontestable porque entiende que el cine de animación debe apelar a la memoria corpórea del espectador. Al hacernos sentir el viento en la cara, el olor del pasado en una habitación vacía y el crujido de la madera vieja, Pixar nos recuerda que envejecer es obligatorio, pero mantener los sentidos abiertos a la aventura de la vida es una elección que nos mantiene jóvenes para siempre.


Mi nota: 5/5 estrellas.

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