Pia Arismendi

Hubo un tiempo en que el cine dictaba las reglas y la televisión se alimentaba de sus sobras. Hoy, en un giro del destino digno de la mismísima Fuerza, la gran pantalla parece depender de la señal de streaming para recordar cómo se cuenta una historia que divierta a las masas. El estreno de The Mandalorian & Grogu marca el regreso de Star Wars a las salas tras siete años de sequía cinematográfica, y lo hace apostando a la segura: la dinámica de "padre e hijo" más rentable de la galaxia.

   

La premisa de Jon Favreau y Dave Filoni no busca revolucionar el séptimo arte. Din Djarin, contratado por la Nueva República (con una impecable y severa Sigourney Weaver como la Coronel Ward), acepta una misión de rescate que involucra a Rotta, el hijo extrañamente musculoso y rebelde del fallecido Jabba el Hutt. El motor de la trama es un clásico "viaje de recados" intergaláctico, una estructura que los fans de la serie de Disney+ conocen de memoria.


Y es ahí donde reside el verdadero debate de esta producción: su escala.



Visualmente, el salto al cine le sienta de maravilla. La película abandona la sensación claustrofóbica que a veces da el Volume (las pantallas LED de los sets de televisión) para entregarnos batallas táctiles, persecuciones que evocan a John Wick en el espacio y un uso delicioso de marionetas y efectos prácticos. La secuencia en el planeta pantanoso de Nal Hutta, inspirada directamente en el arte conceptual clásico de Ralph McQuarrie, es un poema visual para cualquier nostálgico de la trilogía original.


El film funciona mejor cuando se asume como lo que es: un homenaje al cine de aventuras de los años 80, donde el héroe no necesita una crisis existencial para ganarse al público.


Sin embargo, el guión sufre del "síndrome del episodio embotellado". Al terminar las dos horas y doce minutos de metraje, uno se da cuenta de que la aguja dramática apenas se movió. No hay grandes revelaciones para el canon de la saga, ni un desarrollo profundo para Mando. Si acaso, el único que muestra madurez es Grogu, quien deja de ser el bebé indefenso que se desmaya tras usar la Fuerza para convertirse en un participante activo (y adorable) de la acción, robándose el show junto a un escuadrón de mecánicos Anzellans (la especie de Babu Frik).


¿Es esto un defecto? Depende del cristal con que se mire. Para quienes esperaban una epopeya que redefinió el rumbo de la franquicia, la película les sabrá a poco; se siente como una transición inofensiva y "segura". Pero para quienes extrañaban ir al cine simplemente a pasar un rato espectacular, sin la tarea mental de recordar catorce series animadas previas, es un oasis de entretenimiento puro.


The Mandalorian & Grogu no viene a salvar el cine de autor, pero cumple con creces la promesa original de George Lucas: recordarnos el placer de ver monstruos gigantes, naves espaciales y a un pequeño ser verde salvando el día. Al final, este es el camino.


Mi nota: 4/5 estrellas.

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