Pia Arismendi

Hay algo intrínsecamente terrorífico en las carreteras solitarias. Kilómetros de asfalto rodeados de nada, donde la civilización se reduce al habitáculo de tu vehículo y la radio es tu única compañía. El director noruego André Øvredal (The Autopsy of Jane Doe, Trollhunter) lo sabe perfectamente, y en El pasajero del diablo, transforma la idílica fantasía de la van life —la aventura juvenil de recorrer el mundo en furgoneta— en un infierno claustrofóbico sobre ruedas.


La premisa arranca con un tropiezo clásico del género que, en manos de Øvredal, se siente perturbadoramente fresco: una joven pareja presencia un brutal accidente en la carretera. Pero el verdadero horror no es lo que dejan atrás, sino lo que se sube con ellos. Esa presencia demoníaca bautizada como "El Pasajero" no es solo un monstruo al acecho; es un virus psicológico que se instala en la intimidad de la pareja.



La maestría del espacio reducido


Lo que hace que esta película destaque en la cartelera actual es la dirección de Øvredal. Rodar casi toda una producción dentro o alrededor de una furgoneta es un suicidio logístico para directores mediocres, pero aquí se convierte en una clase magistral de tensión.


Atmósfera asfixiante: El director logra que un vehículo en movimiento se sienta tan cerrado y peligroso como una casa embrujada.


El juego de la paranoia: La cámara se sitúa a menudo en el tablero o en el espejo retrovisor, obligando al espectador a escanear constantemente el fondo oscuro del vehículo. ¿Hay alguien ahí atrás o es solo la sombra del camino?


Evolución del conflicto: El guion acierta al no depender únicamente de los jumpscares (sustos repentinos). La verdadera pesadilla radica en ver cómo este ente demoníaco erosiona la confianza de la pareja, utilizando sus propios secretos y miedos como combustible.


Un demonio con paciencia


A diferencia de los espíritus cinematográficos que tiran platos o azotan puertas sin un propósito claro, El Pasajero destaca por su implacabilidad. Es una fuerza de la naturaleza que no se detiene, un acosador sobrenatural cuya meta no es solo matar, sino reclamar. El ritmo de la película imita el motor de un buen auto: arranca lento, genera una vibración constante de incomodidad y, para el tercer acto, acelera a fondo hacia un clímax que te deja sin aliento.


Quizás el único punto flaco de la entrega sea que, hacia el final, tropieza levemente con algunos giros explicativos que la historia no necesitaba; el misterio absoluto siempre es más aterrador que las respuestas. Sin embargo, el viaje vale completamente la pena.


El pasajero del diablo no viene a reinventar la rueda del cine de posesiones, pero le cambia los neumáticos para correr a una velocidad endiablada. Es una película visceral, incómoda y brillantemente ejecutada que funciona como un recordatorio de que, a veces, las peores pesadillas no nacen de traumas del pasado, sino de estar en el lugar equivocado, a la hora equivocada.


Una recomendación: si vas a verla al cine, asegúrate de revisar el asiento trasero antes de encender el auto para volver a casa.


Mi nota: 4/5 estrellas.

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