En la era de la sobreestimulación, el cine y la narrativa visual han dejado de ser un río que fluye plácidamente para convertirse en un océano de fragmentos. El uso de técnicas narrativas no lineales y el montaje frenético no son solo decisiones de estilo; son espejos de una psique moderna que ya no procesa la vida como una secuencia, sino como un colapso de momentos simultáneos.
A veces, la identidad se siente como una prenda de ropa que ha dejado de quedarnos bien. Caminamos por el mundo intentando sostener un "yo" sólido, una narrativa coherente que conecte lo que fuimos ayer con lo que deberíamos ser mañana. Sin embargo, hay días —esos días grises donde el valor propio parece disolverse— en los que descubrimos la gran verdad que la psicología y el arte siempre han sabido: la identidad no es una roca, es un proceso.
En la psicología profunda, se dice que el dolor más grande no viene de la tristeza, sino de la resistencia a sentirla. Cuando llegan esos "días difíciles" donde el valor propio parece una moneda devaluada, el error más común es intentar forzar una sonrisa que no existe. La estética de la vida no siempre es simétrica ni brillante; a veces, la belleza reside en el claroscuro, en la capacidad de habitar el vacío sin dejarse consumir por él.