Vivimos en la era de la atención fragmentada. Nuestro cerebro, bombardeado por algoritmos diseñados para la adicción, está perdiendo la capacidad de sostener la mirada y, por ende, de habitar la profundidad. En este contexto, propongo que el cine de autores como Oliver Laxe, Andrei Tarkovsky o Abbas Kiarostami deje de ser visto solo como un objeto de estudio académico para convertirse en una herramienta de bienestar psicológico.
Estudios confirman que el calor excesivo reduce la función cognitiva y aumenta el estrés en en el hogar y el trabajo y la tecnología responde con soluciones de climatización portátiles e inteligentes que no requieren instalación, protegiendo la salud mental y optimizando el rendimiento mediante el control remoto gracias a la App ThinQ.
En una era definida por el espasmo visual del scroll infinito y la gratificación instantánea, el cine de Oliver Laxe —y específicamente su reciente obra Sirat— no es solo una propuesta artística; es un acto de resistencia psicológica. Al mirar Sirat, uno no puede evitar sentir el eco de voces ancestrales. Laxe ha recogido la antorcha de los grandes maestros de la trascendencia, Andrei Tarkovsky y Abbas Kiarostami, para iluminar una de nuestras carencias más profundas: la incapacidad de habitar el silencio.
Para entender el impacto de Sirât, no podemos mirar la pantalla como quien observa un relato lineal; debemos mirarla como quien contempla un fuego o una tormenta. La estética de Óliver Laxe no nació en los grandes estudios, sino en la intersección entre lo espiritual y lo salvaje. El cineasta gallego ha construido, película a película, un lenguaje donde el paisaje no es un decorado, sino el protagonista absoluto de una lucha metafísica.