Vivimos en una sociedad que juzga el estado emocional de la gente a través de la superficie. Nos enseñan a buscar la tristeza en el llanto evidente o en la mirada perdida hacia una ventana. Sin embargo, las emociones más profundas rara vez se muestran como una postal. Para quien percibe la realidad desde la agudeza de los otros sentidos, la tristeza no es una imagen; es una mutación física del entorno, una caída en la energía de un cuerpo y un sutil cambio en la acústica del espacio. A alguien triste no se le mira: se le escucha, se le huele y se le sostiene.