A veces, la identidad se siente como una prenda de ropa que ha dejado de quedarnos bien. Caminamos por el mundo intentando sostener un "yo" sólido, una narrativa coherente que conecte lo que fuimos ayer con lo que deberíamos ser mañana. Sin embargo, hay días —esos días grises donde el valor propio parece disolverse— en los que descubrimos la gran verdad que la psicología y el arte siempre han sabido: la identidad no es una roca, es un proceso.