Vivimos en una cultura que consume la historia a través de las pantallas y los catálogos visuales. Nos hablan del estilo neoclásico de un palacio, de la simetría de un arco o del color de la piedra de un anfiteatro, como si el pasado fuera un espectáculo que solo entra por las pupilas. Pero reducir un monumento histórico a la vista es dejar la memoria a la intemperie. Para quien percibe la realidad con la agudeza y la honestidad de los otros sentidos, el pasado no es una lección de historia lejana; es una masa física de energía que altera la gravedad, modifica el aire y se deja tocar en las imperfecciones de la materia viva.