En un mundo que nos exige vivir a un ritmo de montaje frenético, donde la identidad parece una sucesión de cortes rápidos y estridencias, existe un acto de rebeldía silenciosa: la contemplación. Si el caos es un desfile de ruidos, la sanación es un plano secuencia largo, pausado y bañado por una luz suave que no busca deslumbrar, sino acompañar.