El cine chileno contemporáneo ha encontrado en el desierto nortino un lienzo infinito para filmar la soledad, pero pocas veces ese territorio hostil y agrietado se había transformado en un escenario de resistencia tan devastador como en La misteriosa mirada del flamenco. El largometraje debut de Diego Céspedes, ampliamente elogiado en el circuito internacional, no es solo un drama de época; es una fábula lírica y feroz sobre el nacimiento del miedo y los bordes donde el afecto se convierte en un acto de valentía suicida.
Ambientada a principios de los años 80 en un polvoriento pueblo minero, la película adopta los códigos estéticos del western moderno para narrar una realidad histórica teñida de realismo mágico y pesadilla. El mito local asegura que una misteriosa enfermedad se propaga por el aire, transmitiéndose a través de una sola mirada cuando un hombre se enamora de otro. Bajo esta premisa —una metáfora dolorosamente lúcida de la llegada y la estigmatización del VIH/sida en el Chile de la dictadura—, la comunidad vuelca su violencia hacia una amorosa familia queer marginada, liderada por la figura materna de Flamenco.
El desierto a través de los ojos de la infancia
El gran acierto del guion y la dirección de Céspedes radica en descentrar la mirada del conflicto adulto para situarla en Lidia, una niña de once años interpretada de manera magistral. Es a través de su mirada limpia, pero progresivamente endurecida, que descubrimos este ecosistema de hostilidad minera.
La familia elegida como trinchera: Frente a un pueblo que exige vendar los ojos de los contagiados y busca culpables con antorchas ideológicas, la intimidad del hogar marginal de Lidia se filma con una calidez texturizada, casi sensorial, que contrasta con el sol inclemente del exterior.
La construcción del mito: Céspedes maneja el rumor como un personaje más. El miedo a "la mirada" se palpa en la tensión de cada plano general, donde los mineros y la autoridad vigilan desde los cerros de tierra suelta, convirtiendo el espacio abierto en un panóptico asfixiante.
La poética de la venganza: El viaje de Lidia no es el de un héroe clásico de acción; es la travesía de una infancia interceptada por el odio sistémico, cuya única respuesta posible ante la pérdida es la resistencia y el reclamo de su derecho a existir.
Un manifiesto visual y político
Visualmente, la obra es deslumbrante. El uso de la luz del desierto, los contrastes entre la aridez del paisaje y la vibrante disidencia estética de los personajes, y una banda sonora envolvente, rescatan la memoria histórica desde la vereda de la dignidad. La película huye del panfleto obvio; prefiere conmover a través de los silencios, de las manos que se buscan a escondidas y de la incomprensión de una niña que se pregunta por qué amar es un peligro de muerte.
Si algo se le podría reprochar a la puesta en escena es un segundo acto que por momentos se ensimisma demasiado en su propio preciosismo visual, ralentizando un ritmo que pedía un poco más de fricción. Sin embargo, este es un detalle menor ante la envergadura emocional de su desenlace.
La misteriosa mirada del flamenco es un golpe al mentón de la desmemoria. Diego Céspedes firma una obra cumbre que reinventa el cine social chileno, cruzando las fronteras del drama LGBTQ+ para entregar un relato universal sobre el odio colectivo y el refugio incondicional de los afectos. Una película necesaria, incómoda de mirar por momentos, pero imposible de olvidar.
Mi nota: 4.7/5 estrellas.