Pia Arismendi

En la segunda mitad de los años noventa, Disney decidió tomar la tragedia y la solemnidad de la mitología griega para pasarla por el filtro del gospel, la comedia pop y el dinamismo gráfico del caricaturista Gerald Scarfe. El resultado fue Hércules, una de las películas más coloridas, irreverentes y rítmicas del estudio. Sin embargo, detrás de las sandalias de marca y los chistes sobre el estrellato, se esconde una obra de una fisicidad y una potencia sensorial arrolladoras. La cinta es un viaje heroico que utiliza los cinco sentidos no solo para deslumbrarnos, sino para trazar la distancia física entre la perfección fría del Monte Olimpo, la podredumbre humeante del Inframundo y la ruda, polvorienta y ruidosa realidad de los mortales.



El fulgor del Olimpo frente a las sombras del Inframundo: Vista y Tacto


El apartado visual y el táctil operan en una coreografía perfecta de contrastes para ilustrar la transición de Hércules entre tres planos existenciales completamente opuestos:


La perfección celestial (El Olimpo): Visualmente, es un festival de tonos pasteles luminosos, nubes rosadas y destellos dorados e incandescentes. Las texturas reflejan una comodidad ingrávida y tersa: casi podemos sentir la suavidad algodonosa de las nubes o la lisura de las túnicas que visten los dioses.


La podredumbre tóxica (El Inframundo): En contraposición absoluta se alza el reino de Hades, donde la pantalla se tiñe de grises plomizos, verdes enfermos y un azul gélido que estalla en un rojo violento cuando el villano pierde el temperamento. El tacto aquí es hostil y viscoso: el espectador casi puede sentir el frío de las almas flotando en el río Estigia y la aspereza de las rocas calcinadas.


La realidad terrenal (Tebas): Al bajar al mundo de los mortales, el entorno se vuelve texturado, rústico y asfixiante. Tebas (la "Gran Oliva") se despliega en tonos terracota, ocres y verdes secos. El tacto es rudo e incómodo: la pesadez de las piedras que el joven Hércules destruye por accidente, el dolor punzante de las caídas, la aspereza de la arena del coliseo donde entrena con Filoctetes y el calor sofocante de una ciudad congestionada.


"Hércules no se convierte en un héroe verdadero por la fuerza de sus puños en la arena, sino cuando su piel experimenta el dolor del sacrificio y sus manos eligen la fragilidad de un hilo de vida sobre la inmortalidad lisa del Olimpo".


El rugido del góspel y el chasquido del rayo: Oído


El diseño sonoro de la película es un banquete acústico de alta velocidad que bombea pura energía directamente a los oídos del espectador. La genial partitura de Alan Menken abandona las estructuras orquestales clásicas para abrazar la potencia del soul y el gospel, interpretado por las Musas. Sus voces potentes, limpias y llenas de vibración dotan a la película de un ritmo físico que invita al cuerpo a moverse.


El oído transita constantemente entre lo colosal y lo cómico: el estruendo expansivo, seco y desgarrador de los rayos de Zeus cortando el aire, el rugido grave, sibilante y múltiple de las cabezas de la Hidra al regenerarse, y los golpes secos del Slapstick clásico durante el extenuante entrenamiento con Phil. Toda esta energía acústica se adereza con los diálogos rápidos e histriónicos de Hades, cuyo siseo rápido al hablar dota a la cinta de una textura sonora única.


El aroma a azufre y el sabor de la poción mortal: Olfato y Gusto


El olfato y el gusto son los sentidos que marcan el peligro y la vulnerabilidad del héroe. El entorno de los villanos está saturado de aromas desagradables y químicos que casi se pueden respirar a través de la pantalla: el olor a azufre quemado, el aroma agrio de los pantanos del Inframundo y el humo espeso de las pócimas de Pena y Pánico.


Este aire denso y letal choca de frente con los olores del mundo mortal: la frescura herbal de los campos donde Hércules crece con sus padres adoptivos, el olor a sudor y cuero viejo en la isla de Filoctetes, y el aroma a perfume dulce y embriagador de los jardines donde Megara canta su vulnerabilidad amorosa.


El gusto, por su parte, se manifiesta como el medidor definitivo del peligro mortal y la fraternidad:


La textura líquida y el amargor oculto de la poción que las arpías preparan para arrebatarle la inmortalidad al Hércules bebé; una última gota que no se consume y que deja el sabor de la vulnerabilidad en sus labios.


La frescura efervescente de los banquetes y las bebidas que los ciudadanos de Tebas le ofrecen al Hércules famoso, un gusto azucarado y artificial que simula el éxito.


El sabor amargo de la traición y, finalmente, el sabor dulce, limpio y reconfortante del agua del río Estigia cuando Hércules se sumerge para salvar el alma de Meg, demostrando que el triunfo sabe a entrega pura.


Hércules sigue siendo una cumbre indiscutible de la animación porque entendió que la épica mitológica se potencia cuando se toca con la memoria corpórea del espectador. Al equilibrar el bofetón seco de un monstruo mitológico con la suavidad de una nube celestial, y el olor químico del azufre con el ritmo arrollador de una canción de gospel, Disney esculpió una joya inmersiva de gran corazón. Una obra maestra que nos recuerda que un héroe verdadero no se mide por la magnitud de su fuerza, sino por la pureza de sus sentidos y la fuerza de su corazón.


Mi nota: 4.8/5 estrellas.

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