Datos de la plataforma chilena SAWA revelan que entre 2025 y 2026 se realizaron más de 40 mil canjes de beneficios, donde los artículos físicos marcan la diferencia frente al dinero en efectivo.

El 90% no logra ahorrar y el 91% tiene deudas. El poder adquisitivo empeoró para el 52% de los trabajadores, 6 puntos más que en 2025.

En marzo de 2026, solo el 9% de los contratos registraba jornadas de 42 horas semanales. En abril de 2026 —mes en que entró en vigencia el segundo hito de la ley—, esa proporción subió al 40%.

La feria laboral online más grande del país y Latinoamérica recibió más de 70 mil postulantes y 5 mil nuevos perfiles durante las primeras 72 horas.

Los talentos pueden acceder a las vacantes ofrecidas por más de 80 empresas nacionales y multinacionales a partir de este lunes 11 de mayo.

Aunque la proporción de trabajadores afectados es menor que el promedio regional (12% vs. 14%), es el país donde el impacto emocional es más alto: el 57% de quienes lo viven declara sentirse deprimido en su trabajo.

Además, según el Index del Mercado Laboral de Laborum, la renta promedio requerida por los chilenos disminuyó un 3,4% en el primer trimestre de 2026.

Teclados, notificaciones y sistemas de ventilación forman parte del ruido invisible y aunque parecen inofensivos, su exposición constante puede impactar la productividad, el estrés y la salud mental.

El panorama laboral en Chile atraviesa un punto de inflexión donde la digitalización ha dejado de ser una opción para convertirse en una exigencia de supervivencia legal. Con la mirada puesta en abril de 2026, fecha en que la jornada laboral deberá reducirse a 42 horas semanales, las empresas enfrentan un ecosistema regulatorio más técnico y una fiscalización agresiva que no deja margen al error manual.

La iniciativa reúne a referentes del mundo empresarial y tecnológico para generar criterios prácticos sobre el uso de inteligencia artificial en procesos laborales y organizacionales, en un contexto donde su adopción avanza más rápido que su comprensión.

La implementación de la ley de 40 horas no admite improvisaciones. No es una reforma menor, ni tampoco un ajuste cosmético: implica rediseños operativos, contractuales y organizacionales profundos al interior de las empresas. Por lo mismo, exige certeza jurídica, anticipación y, sobre todo, una conducción técnica sólida por parte de la autoridad administrativa. Sin embargo, lo que hemos visto en esta nueva etapa dista de ese estándar.