Reconocer lo que sentimos, saber cómo nos impacta y cómo impactamos a los demás parece obvio, pero ¿cuántos líderes realmente lo practican? En el trabajo vemos de todo: el jefe que presume de “trabajar bien bajo presión”, cuando, en realidad, lo único que hace es intoxicar a su equipo con su ansiedad; o el gerente que acepta un cargo porque el sueldo era irresistible, para terminar dos años después repitiendo: “Estoy aburrido, esto no era lo mío”.
En la era de la visibilidad forzada y la validación a golpe de like, la pregunta "¿Valgo la pena?" se ha convertido en el latido ansioso de una generación. Hemos delegado la evaluación de nuestro ser a métricas ajenas, a la opinión fugaz de un algoritmo o a la aprobación esquiva de un entorno que rara vez se detiene a mirar de verdad. El costo de esta dependencia es la fragilidad del alma: cuando la fuente externa de nuestro aprecio se ausenta, o cuando un pilar esencial —un padre, un mentor— se pierde, nos enfrentamos al vacío aterrador de creer que nuestro valor se ha ido con ellos.