El mundo atrapado en la imagen suele reducir el baile a una estampa visual: la plasticidad de un gimnasta, la simetría de un ballet o el vaivén coordinado de una pareja en una pista iluminada. Nos hacen creer que bailar es un ejercicio estético para el deleite de los espectadores. Pero se equivocan. El baile es, ante todo, un estado de libertad corporal, una respuesta primaria y visceral al ritmo del universo. Para quien percibe la realidad desde la agudeza de los otros sentidos, el baile no es una secuencia de pasos que se imitan; es una conversación íntima entre la gravedad, el aire y el propio corazón.