Creer en lo increíble no es un acto de ingenuidad; es, quizás, el gesto de rebeldía más maduro y puramente humano que nos queda. En un mundo domesticado por la inmediatez, por las verdades masticadas que nos entregan a través de las pantallas y por la comodidad de lo previsible, atreverse a mirar más allá del horizonte de lo evidente exige un coraje de fuego. Exige estar dispuestos a tomar los pilares de nuestra realidad, sacudirlos desde la raíz y ver cómo se derrumban esas estructuras que nos daban una falsa sensación de seguridad, pero que en el fondo nos mantenían confinados en una zona gris del espíritu.