En una era definida por el espasmo visual del scroll infinito y la gratificación instantánea, el cine de Oliver Laxe —y específicamente su reciente obra Sirat— no es solo una propuesta artística; es un acto de resistencia psicológica. Al mirar Sirat, uno no puede evitar sentir el eco de voces ancestrales. Laxe ha recogido la antorcha de los grandes maestros de la trascendencia, Andrei Tarkovsky y Abbas Kiarostami, para iluminar una de nuestras carencias más profundas: la incapacidad de habitar el silencio.
Para entender el impacto de Sirât, no podemos mirar la pantalla como quien observa un relato lineal; debemos mirarla como quien contempla un fuego o una tormenta. La estética de Óliver Laxe no nació en los grandes estudios, sino en la intersección entre lo espiritual y lo salvaje. El cineasta gallego ha construido, película a película, un lenguaje donde el paisaje no es un decorado, sino el protagonista absoluto de una lucha metafísica.
Si Óliver Laxe es el místico que imagina el viaje, Mauro Herce es el alquimista que lo materializa. En la cinematografía actual, pocos binomios logran una simbiosis tan radical donde la cámara no solo observa, sino que padece la historia. La evolución estética que vemos en Sirât es el resultado de un proceso de "vaciado" visual que comenzó en los bosques de Galicia y se ha calcinado en el desierto.
La comuna de San Miguel refuerza su oferta cultural y de entretenimiento con la esperada pronta apertura del complejo Cinemark en el centro comercial Espacio Urbano Gran Avenida. Este nuevo recinto no solo promete tecnología de punta, sino una experiencia de confort que ya está dando de qué hablar entre los primeros espectadores que han tenido el privilegio de recorrer sus salas.